Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

sábado, 30 de octubre de 2010

Oro que se llevará la lluvia


Fotos tomadas a diferentes horas del día desde la misma ventana. Iban y venían borrascas; pero la temperatura era suave.








Sin embargo –me refiero a las lluvias de Santiago– más tarde y más al norte, encontré con los últimos dorados del otoño (cada media hora entra una borrasca por el Noroeste), y vi, por primera vez, en mi jardín, el árbol de Júpiter como no lo había visto nunca antes. El arce dorado también extendía su pequeña copa de color; y los macizos de hortensias estaban en la fase final de su coloración. Ahora es cuando dice Chiqui, asidua de este blog, que hay que recogerlas para secarlas; pero no tengo tiempo; mañana tengo viaje; y tengo que encender la chimenea, para que el olor del laurel y del eucaliptus me ayude a dormir. El mar esta tranquilo, pero adusto, denso, invernal.

El Papa me persigue. Me voy de Santiago

La Magdalena desmayada, de Guido Cagnacci (Palacio Barberini, Roma)
Hace poco llegué a Palermo en un avión lleno de gente joven, vestida con extraño uniforme, y en el viaje del aeropuerto al centro de la ciudad tuve que arrastrar maletas porque las calles estaban cortadas y su santidad hablablabla ante una multitud de frailes y monjas vestidos a vieja usanza, mientras los jóvenes entonaban canciones. Ya es demasiado, sin embargo que a mí se me ocurra venir a Santiago a cumplir con mis deberes académicos y su Santidad se me venga también, coche blindado por delante, a revolver canónigos. O sea que me voy. Si se trata de un intento diabólico de conversión, aconsejo que mejor se me envíe a una buena magdalena, de preferencia la del cuadro del palacio del Cardenal Barberini en Roma –en éxtasis, desmadejada, sin darse cuenta de que estábamos mirando...., de Guido Caznacci– Que me voy. Por cierto de aquel encuentro en el autobús del aeropuerto con una fan papal surgió un romance correntío, que no divulgué por subido de tono, y que a lo mejor va más tarde.



Santiago. De noche, con un poco de lluvia, las calles de alrededor de la catedral llenas de gente –tapeo–, grupos de peregrinos luciendo bastón, calle arriba y calle abajo... así estaba Santiago al empezar este otoño: ciudad grata que, además, cuando recoge la luz purifica los colores y cobra una luminosidad que es difícil de encontrar si no es en Galicia.


Cuando se viaja de norte a sur o viceversa los contrastes se hacen más llamativos, sobre todo si no paras en las tierras de transición –norte de Burgos y Palencia, sierra de los Ancares, parte del Bierzo...–: la humedad de la piel, el olor a verde (muchas veces hierba cortada), la luminosidad cuando al sol le da por salir, todo un conjunto de elementos que configuran una sensación: estar en el norte. Hoy viajaré desde Santiago –toda la noche el ruido de la lluvia– al norte de Cedeira; y mañana volveré atravesando Orense para reencontrarme con el Bierzo y las tierras de León y Zamora. Ha estado sin llover varios días en esos lugares, y el otoño –la estación más “pobre” en la meseta– ha permitido algunos dorados y ocres, que se irán rápidamente con las borrascas de esos días.



Las visitas a Santiago, nocturnas, porque la reunión de filólogos e historiadores en la Universidad iba de sol a sol, 48 horas muy intensas, que terminaron ayer con mi charla sobre la poesía de Quevedo y las conclusiones y despedida de dos de los organizadores, Jean Pierre Etienvre (Casa de Velázquez) y Alfonso Rey (Universidad de Santiago), además de la Sorbona Nouvelle (Pierre Civil). Preesenté el programa, que se ha cumplido casi en su totalidad, en página anterior. Va una instantánea de una de las sesiones, en la sala de grados de la facultad de Letras o de Filología, a cuya salida tomé la foto de las bandadas de estorninos y, en otra ocasión, la de la luz, la de la sencilla escena del jardín con sol.

viernes, 29 de octubre de 2010

El III Duque de Osuna y su retrato

Después de haber buscado, con poca fortuna, un retrato fidedigno de don Pedro Girón, III Duque de Osuna, y de haberme conseguido hacer una idea de su imagen real, taraceando muestras (medallas, estatuas...) una conversación sencilla con Fernando Bouza, con el que estoy coincidiendo en el congreso de Santiago, me ha indicado, sencillamente, que existe un cuadro de época excelente, en colección privada, que se puede ver ahora incluso en internet, en este enlace:


Es verdad que la publicación es muy reciente y el retrato, del conocido pintor real Bartolomé González, es propiedad particular; pero nunca había oído hablar de él, ni hay noticia en sus biógrafos. Es un retrato, además, espectacular del Duque, armado, con bástón de mando y en postura ya tradicional de medio perfil. Ahí están algunos de los rasgos de su fisonomía: moreno, adusto quizá, de mirada desafiante, más joven que adulto, vigoroso, y de una elegancia algo petulante, en la que llaman la atención peinado y grandes bigotes. El cuadro esconde su baja estatura.
Si en algún momento encuentro, por otro lado, el cuadro perdido de Guido Reni, podremos corroborar autenticidad y valor careándolo con este.
Remito, por un lado, a Finaldi Ribera Colomer, Arte y diplomacia de la monarquía hispánica en el siglo xvii,  (2005), y por otro a la multitud de noticias que me están llegando (¡gracias, Javier!), que iré poniendo poco a poco en claro, entre las que están las del catálogo de los bienes del Duque de Osuna, subastados a finales del siglo XIX; los estudios y trabajos que ese catálogo provocó; y la asombrosa noticia, que me parece falsa, que me envía también Javier de que un que un retrato del duque, obra de José Ribera, fue robado de El Prado en 1976 y que actualmente está en Meadows, Dallas. 
://enigmas0.iespana.es/robo_museo_del_prado.htm
Debo decir que el retratado no es el Duque de Osuna (es un caballero de Santiago), que alguna vez se ha confundido con Quevedo (tampoco lo es) y que consta en todos los catálogos de la obra de Ribera. 

Pájaros en Santiago de Compostela


Pájaros en Santiago

1

Quizá alguna tarde
o una noche tenga,
si quieres son tuyas,
ya más no me queda,

me quedan los versos,
versos y sentencias
que van repicando
las canciones viejas.

Cuando el sol se va
el día se aleja,
y entonces la noche
solita se queda;

la tengo guardada
para cuando vengas.


II

Que a estas alturas
oiga el estudio
número cinco
de chopin como

desconocido,
me asombra tanto...;
cuántas sorpresas
en esta vida

gastada y vieja.
Ojos abiertos
para el descenso.

Y luego aun,
y todavía
está la tierra.


III

Contigo
fue todo
tranquilo
y breve.

Pasaste
sin nombre
sencilla
y leve.

Recuerdo
serás
que crece,

tu imagen
tu voz
tú, siempre


  




jueves, 28 de octubre de 2010

Poemas finales de "China destruida"


Final de China destruida

Sobran perchas y sillas en la casa;
vacíos los armarios, y ordenados;
un cepillo de dientes tan solo veo,
su turno espera, creo que asustado

de verse en soledad por las mañanas
cuando huele a naranjas y a pan tostado,
la antigua hora de prisas y pasillos,
de manos limpias y de ojos claros,

los ascensores trabajando a tope
con niños todavía adormilados,
adultos que terminan de vestirse,

padres, madres que van desaforados,
bufandas, bolsos, libros y mochilas...
Un silencio quedó deshabitado.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Los fantasmas de Henry James, de VIRGINIA WOLF

[...Te mando un pequeño texto de Virginia Woolf que me ha encantado. Se trata de un comentario acerca de la novela de Henry James Otra vuelta de tuerca (The turn of the screw), que (esto es descubrir el Mediterráneo) es, como sabes, una obra inteligentísima, nada convencional, muy cervantina, sutil, fascinantemente bien escrita y construida, y llena de misterio, belleza y verdad. El texto de la Woolf lo he encontrado en la edición crítica de la novela de Henry James de Norton (a Norton critical edition). No conocía el texto en castellano, y, ni corto ni perezoso, he pasado la tarde entera traduciéndolo. Ha sido un rato inolvidable...]


Los fantasmas de Henry James no tienen nada en común con los viejos fantasmas violentos –los ensangrentados capitanes de navío, los caballos blancos, las damas decapitadas de los oscuros senderos rurales y los campos comunales expuestos a los vientos. Su origen se sitúa dentro de nosotros. Se hacen presentes cuando quiera que  lo significativo sobrepasa nuestra capacidad de expresión; cuando quiera que lo ordinario aparece cercado por lo extraño. Las cosas que no se alcanzan a entender, que se dejan como sobras, que persisten pertinaces, aterradoras –estas son las emociones que él toma, plasma, hace consoladoras y amigables. ¿Pero cómo puede ser que sintamos miedo? Tal y como dice el caballero cuando ve el fantasma de Sir Edmund Orme por vez primera: “Estoy dispuesto a garantizarles a todos sin excepción que los fantasmas son mucho menos alarmantes y mucho más divertidos de lo que por lo común se piensa”. Los espíritus bellos y corteses pertenecen tan solo al otro mundo ya que tienen demasiado buen gusto para este. Han llevado consigo más allá de la frontera sus ropas, sus modales, su cortesía heredada, de ilustre cuna, sus sombrereras, sus doncellas y sus mayordomos. Continúan siendo siempre un poco mundanos. Puede que nos sintamos torpes en su presencia, pero no nos es dado tener miedo. ¿Qué ocurre, entonces, si cogemos Otra vuelta de tuerca una hora o así antes de irnos a la cama? Tras procurarnos un entretenimiento exquisito, terminaremos, si hemos de dar crédito a las otras historias, con esta sutil música en los oídos, y dormiremos a pierna suelta.
Quizá es el silencio lo primero que nos impresiona. Todo en Bly permanece tan profundamente callado. El gorjeo de los pájaros al alba, los gritos de los niños en la lejanía, los pasos apenas perceptibles en la distancia lo conmueven pero no lo quiebran. Lo acentúan; nos agobia; nos hace recelar extrañamente del ruido. Al final la casa y el jardín se extinguen por debajo de él. “Puedo escuchar de nuevo, según escribo, la intensa calma en la que caían los sonidos del final de la tarde. Los grajos dejaban de graznar en el cielo dorado, y la hora más propicia para la amistad enmudecía durante un minuto inefable”. No se puede decir con palabras. Sabemos que el hombre que permanece en la torre mirando fijamente desde lo alto a la institutriz es infame. Alguna forma de obscenidad impronunciable ha asomado a la superficie. Trata de entrar; trata de alcanzar algo. Los pequeños seres exquisitos que yacen dormidos inocentemente han de ser protegidos a toda costa. Pero el horror crece. ¿Es posible que la niña, que se da la vuelta desde la ventana, haya visto a la mujer ahí fuera? ¿Ha estado con la señorita Jessel? ¿Ha visitado Quint al niño? Es Quint el que merodea a la espera a nuestro alrededor en la oscuridad; el que está ahora en ese rincón y de nuevo en ese otro. Es de Quint del que debemos formarnos un juicio, y el que vuelve reclamando toda nuestra capacidad racional para hacerlo. ¿Puede ser que estemos asustados?  Pero no es un hombre pelirrojo y de tez pálida lo que nos inspira miedo. Estamos asustados de algo innominado, de algo, quizá, que se halla en nosotros mismos. Al poco, encendemos la lámpara. Si al abrigo de su haz de luz examinamos la historia, nos percatamos de hasta qué punto su elocuencia es magistral, cómo se alarga cada frase, cómo se perfila cada imagen, cómo el mundo interior se beneficia de la robustez del mundo exterior, cómo la belleza y la obscenidad logran introducirse imbricadas la una con la otra en lo más hondo –todavía debemos reconocer que algo permanece inexplicado. Debemos admitir que Henry James ha salido vencedor. Ese viejo caballero cortés, mundano y sentimental puede aún hacernos temer la oscuridad.

(Traducción de J. R. Trotter)

martes, 26 de octubre de 2010

"La primera borrasca del Atlántico..."

La primera borrasca del atlántico.
barriendo la península traerá
el invierno, las lluvias, los jerséys,
la sensación de que necesitamos

algun refugio donde guarecernos
de los caprichos de las estaciones,
imperturbables ante nuestros gestos
con sus tormentas, vientos, con sus luces

desordenadas, cambios imprevistos,
sin que sepamos nunca quién movió
y cuándo lejanías imposibles

de imaginar que nos gobiernan, mientras
nos preparamos para soportar
otra vez la llegada de las sombras.

Poesía española actual (7): Javier Yagüe (Madrid, 1963)

La imagen primera de Javier YAGÜE (Madrid 1963) y su voz poética se me confunde con otras aventuras suyas que recuerdo vagamente –el lectorado en Pekin, en Grenoble, su desgana en Nueva York...– el caso es que iba creciendo en versos, que era lo que yo mejor seguía: una cierta intensidad en la expresión vigilada siempre por la inteligencia; de ese cruce creía yo que surgía el hechizo de su poesía, sin saber a qué carta quedarme: ¿era porque había conseguido controlar la emoción y, –todavía, todavía– conservaba el hábito del poema pulido que dominaba el revoltijo vital y lo resolvía con destreza? Más tarde pude confirmar que detrás del poeta de tono contenido, pero que sorprendentemente conmovía, había un escritor complejo y formado, que se realizaba en traducciones (versiones del chino, siempre ya esa debilidad; Montaigne totalmente trasformado en un neosenequista del Renacimiento tardío que escribe en español...) Muchas caras, de manera que cuando he tenido que presentar brevemente su obra y he tenido la suerte de que me enviara algunos versos, entre ellos varios inéditos, he resuelto ilustrar con ellos su tarea, advirtiendo, en esta nota, que su gama es mucho más rica.















A una que sueña

El otoño ha borrado los caminos
y oculta entre doradas avenidas
huellas que habrían sido en otras vidas
caligrafía de nuestros destinos.

No son sus dedos lo bastante finos
para soltar inexorables bridas
en oblicua fusión de sendas idas,
en fuga diagonal de desatinos.

En ti sueña el otoño, a mí me lleva,
dibujando certezas de mudanza,
dejándonos en blanco frente a frente.

Y su pausado pálpito renueva
esa fantasmagórica esperanza
de perderse en su estela dulcemente.



A una que queda

Te sacaré despacio, con cuidado,
en trayectoria nítida y derecha,
como se extrae con precisión la flecha
que se lleva clavada en el costado.

Te sacaré, vencido y delicado,
sellando con tan docta piel la brecha
que no podrás reconocer la estrecha
grieta de luz que habías traspasado.

Plantaré en la certeza de ese hueco,
en el seco silencio de su centro,
el árbol sin abrazos de tu talle.

Y sonará entre su ramaje el eco
del dolor que algún día estuvo dentro
y ahora andará suelto por la calle.


[Publicados en En extraño lugar (2004)]

Mientras por competir con tu cabello
se derrama la noche más oscura
y la nieve antagónica perdura
en las altas laderas de tu cuello;

mientras dice la frente su destello
contrario al manantial de la negrura
y bajo el chorro del mechón augura
serenas aguas donde muere el vello;

mientras por fin las horas se adormecen,
y ya tu cuerpo al respirar se olvida,
y sueñan blanca piel y negra mata;

siempre en vela mis pensamientos crecen,
y escalando penumbras sin salida
se despeñan en turbia catarata.


La primavera en aire se devana
reclinada al caer mientras se posa
en el tarro del tiempo la viscosa
y traslúcida miel de la mañana.

No deja rastro de su más lejana
cacería de nubes la azarosa
mirada que atribuye a cada cosa
concepto y forma desde la ventana.

Vierten nueva belleza en la pupila
la silueta hechizada de las copas
y la esmaltada exactitud del cielo.

Ante los mudos párpados oscila
lenta la luz quitándose las ropas
que dejará esparcidas por el suelo.


[Inéditos]

Tu cuerpo sabe a soledad y a trigo,
a la insistencia de la hierbabuena;
huele a la huella de la luna llena,
a la tierra que espera sin testigo;

cede al abrazo con que yo lo abrigo,
es en los dedos ecuación de arena;
al oleaje de la noche suena,
al último perdón del enemigo;

arañando mis ojos consumidos,
el paso mineral de su belleza
me deja sólo números dispersos:

se rompe así tu cuerpo en mis sentidos
y para componerlo en mi cabeza
de muy poco me sirve escribir versos.


Pasaré sigiloso por tu vida
sin despertar al animal que duerme,
salvando de puntillas el inerme
cuerpo lejano que la noche cuida.

Pasaré como ignora la guarida
de vuelta el cazador, sin detenerme
a averiguar, sin que tú puedas verme
blandir el arma fría y homicida.

Pasaré como pasa la mañana
de otro domingo condenada a muerte,
tras la pared del cielo aprisionada;

pasaré por el vaho de la ventana
sin escribir en el cristal inerte:
me marcharé y no habrá cambiado nada.

[Publicados en la serie “Lo que pasa: ocho sonetos”, Abril (Luxemburgo), 28 (2004)]

Romance correntío, el del buen amor

Si voy a tener amores
que lo sean de verdad
con su poquito de escándalo
y su qué de murmurar,
a escondidas lo que importa,
que se sepa lo demás;
tú jovencita engañada,
rijoso yo y muy procaz,
pervertido por la vida,
nada en la universidad.
Versos van, versos vienen,
y todo para engañar.
Que cuando tú te descuides,
te cogerá por detrás,
te dirá cosas bonitas
y al catre te llevará...

– ¿Y que es catre, profesor?
Catre no es más que un lugar
donde se está relajado
leyendo libros y tal...

Tal es lo que me da miedo.
No te tiene porque dar,
que ya usó de ello Cervantes, 

se encuentra a veces en Kant...
–¿Tan guarro Cervantes era?
Y Góngora mucho más,
hacía bellaquerías
 

por los portones de atrás,
jugaba a coser los hilos
y se ponía un dedal,
viajaba a Extramadura
con mucha facilidad,
montaba en cabalgaduras....

Qué manera tan extraña
que tienes para explicar...
¿pues por qué a cuento de Góngora
 

me tengo que desnudar...?

Se nos unieron los ojos,
no los quiero separar,
se nos unieron las bocas,
aprendimos a besar,
se me fugaron las manos,
no las puedo rescatar,
tomé las suyas en prendas,
y las puse en buen lugar;
algo hubo de lucha entonces,
no lo puedo recordar:
un caballero se rinde,
un sinvergüenza jamás;
predican que esto no se hace,
yo no quisiera parar,
si esto no se hace, pregunto,
¿a qué hemos venido acá?;
ya me sé todos los verbos,
he aprendido a cocinar,
he escrito libros muy gordos,
los árboles sé plantar,

reverencio a los decanos
puedo escribir mucho más,
gente triste no me gusta,
y ya no quiero llorar...

Ojos de los que prendido
he vuelto a ser y a soñar,
no os vayáis ya nunca lejos,
no me dejéis de mirar,
en ese pozo que brilla
quiero mis redes echar;
y mientras pueda, dulzura,
y mientras pueda, cantar;
amores siempre y amores
amores y nada más.

lunes, 25 de octubre de 2010

perro con mujer

y toda tu ternura para un perro,
al fin y al cabo con quien vives y hablas,
con quien te acercas un momento al súper,
con quien comentas series de la tele,


quien se acuesta muy cerca cuando duermes;
ni te insultó jamás, ni te amenaza
si algún día el espejo te entretiene
para enseñarte todas las arrugas,


los surcos que trazó el lento abandono
de ilusiones, de sueños, de esperanzas
que guardabas con tanto celo y que ahora


entregas cada día con cariño
a tu fiel compañero de paseos,
al que mejor te conoce, mujer.

"Se fue el día. Una noche más el ritmo...."

Se fue el día. Una noche más el ritmo
del tiempo que se impone impunemente
nos borra y se aprovecha del cansancio,
de la necesidad simple de ser.

Tendremos que cumplir las ceremonias
que jamás aparecen en los versos
y olvidarnos de aquel fugaz destello
que a media tarde nos sobrecogió

y atravesó belleza y armonía,
para ponernos el pijama, para
el agua, el libro y el despertador,

para cerrar los ojos fatigados
y desechar una vez más la lucha,
el impulso de ser lo que no somos.

domingo, 24 de octubre de 2010

Manuscritos y avance de la investigación

Acabamos de poner en circulación una revista filológica –manuscrt.cao– cuya base fundamental se refiere a manuscritos. Véase en http://www.edobne.com/manuscrtcao/Quizá haría falta justificar de modo amplio y ejemplificado la razón de esta perspectiva, no siempre aceptada como necesaria o fecunda para el mejor conocimiento de nuestra historia cultural. Esperamos, poco a poco, devolver a los manuscritos la importancia que realmente tienen en la investigación filológica. En ese sentido y casi de manera anecdótica traigo a colación un caso ejemplar, referido a uno de los grandes escritores de nuestro periodo clásico: el Conde de Villamediana. 
Muchos problemas encontré para que algún especialista me redactara la entrada correspondiente a don Juan de Tasis, conde de Villamediana, en el Diccionario Filológico de Literatura Española (los dos vols. del siglo XVII saldrán publicados antes de Navidad); finalmente, después de varias gestiones y muchos problemas, nosotros asumimos la redacción de esa entrada, en la que nos limitamos a exponer con cierto orden lo que se conocía. Con ese motivo me plantée la recensión de sus manuscritos, y a partir de sus manuscritos, la posible identificación de sus autógrafos, como las muestras más preciadas de los testimonios. Entre varias otras gestiones –en Italia, en Madrid, en Barcelona...– obtuve lo que deseaba en mi visita a la biblioteca del Palacio Real, gentilmente atendido por Luisa López Vidriero. La digitalización de la correspondencia del conde de Gondomar me suministró varios ejemplos de autógrafos y me permititó identificar su letra; con ese bagaje volví a recorrer varias series de manuscritos, den este caso de la BNE... y encontré, en efecto, manuscritos autógrafos del Conde, que nadie había identificado como tales, pero cuya letra –clara, limpia, incluso artística, rematada por una firma y rúbrica inconfundible– era la suya y corroboraba lo que el texto decía. Y de ahí en adelante.
Reproduzco una muestra de autógrafo de Villamediana, para modelo en adelante:




El III Duque de Osuna y un retrato de Guido Reni

En la próxima edición que voy a publicar de toda la poesía completa de Quevedo hay una decena de lugares –quizá más– cuyo trasfondo histórico no he podido dilucidar. Uno de ellos es el del soneto dedicado a un retrato que le hizo Guido Boloñés, y que dice así:


A UN RETRATO DE DON PEDRO GIRÓN, DUQUE DE OSUNA, 
QUE HIZO GUIDO BOLOÑÉS, ARMADO, Y GRABADAS DE ORO LAS ARMAS

  
Vulcano las forjó, tocolas Midas,
armas en que otra vez a Marte encierra,
rígidas con el precio de la sierra
y en el rubio metal descoloridas.
   Al Ademán siguieron las heridas
cuando su brazo estremeció la tierra;
no las prestó el pincel, diolas la guerra;
Flandres las vio sangrientas, y temidas.
   Por lo que tienen del Girón de Osuna
saben ser apacibles los horrores
y en ellas es carmín la tracia luna.
   Fulminan sus semblantes vencedores;
asistió al arte en Guido la Fortuna
y el lienzo es belicoso en los colores.

 [La edición es paelográfica, a partir de Parnaso, 1948]

Los viejos editores nada comentaban sobre ese retrato y yo tampoco lo identifiqué en la antología anotada de Espasa-Calpe (Col. Austral), aunque luego apareció una noticia correcta en la antología de Lía Schwartz-Arellano; pero en ningún caso se llego a dar con el paradero del cuadro; de manera que he vuelto a recorrer el camino en una doble dirección: por un lado, buscar en los catálogos de un pintor así llamado, que naturalmente es Guido Reni; por el otro, localizar los retratos del III Duque de Osuna, sobre todo los que se hubieran podido realizar durante su virreinato napolitano. Y he terminado parte de la investigación, aprovechando mi reciente viaje a Palermo, lo que incluye haberme servido de la información que me ha suministrado Paco Ledesma, el eficiente archivero del ayuntamiento de Osuna, que además de corroborame que en Osuna no queda nada que recuerde la efigie del III duque de Osuna, me ha hecho llegar el precioso volumen sobre el archivo de Osuna (ilustración).
No puedo suministrar ahora todo el aparato erudito que he atravesado para llegar a esta nota, pues resultaría insoportable; pero sí que puedo allanar el camino a quien pueda dar la noticia y salto final, poniendo en claro que: 
Es indudable que existió el cuadro, desde luego, y que aparece mencionado en todos los catálogos de Guido Reni y en los panoramas de la pintura boloñesa e italiana del seiscientos, particularmente en artículos, trabajos y recensiones de A. Pérez Sánchez; (reproduzco alguna de sus pesquisas), pero nunca se dice inequívocamente que se haya localizado o inventariado el cuadro, aunque en algún caso se hacen referencias vagas como si el cuadro estuviera... en el Prado.
La otra posibilidad es que se hubiera quemado o destruido en cualquiera de los incendios que asolaron el Palacio del virrey en Nápoles, para lo cual haría falta proseguir con investigación local –en Nápoles– que reseñara los daños sufridos por aquel palacio. No creo, sin embargo, que Osuna se dejara su retrato allí. ¿O lo dejó como huella de su paso? También ese dato necesita aclararse con investigación local, que no he podido alcanzar, y para la que solicitaré ayuda. En mayo de 1896 se vendieron los bienes del más casquivano de todos los Osunas y en el “Catálogo de la venta de cuadros y objetos artísticos de la Casa de Osuna”, como se sabe, se relacionan varios cuadros (de lo que hablaremos Mercedes Sánchez y yo en otra ocasión).; pero no el que buscaba. Véase Narciso Sentenach, “Catálogo...” y “La galería de la Casa de Osuna” en La ilustración Española y Americana”, 30 de junio de 1896, nº XXIV. Hay que buscar un cuadro "belicoso en los colores"; los ejemplos que ilustran esta entrada, de Reni, muestran hasta qué grado eso pudo ser cierto.

Y es que la cara, el rostro, la efigie de don Pedro Girón se nos ha ido por las tuberías del tiempo, hasta el punto de que se le recuerda por la medalla acuñada en Nápoles (1618), motivo incluso del póster reciente, el del Congreso de Nápoles (octubre, 2010), y cubierta de la buena monografía –a pesar del mal prólogo de Antonio Feros– de Luis M. Linde, Don Pedro Girón, duque de Osuna. La hegemonia española en Europa a comienzos del siglo XVII  (Madrid: Ediciones Encuentro, 2005).  Véase: http://books.google.es/books?id=hXfk03V5e3UC&printsec=frontcover&dq=Luis+M.+Linde&source=bl&ots=imSksluK6q&sig=Wc3CfVbIy314zJqB4-ZX2cweJUY&hl=es&ei=4ibETIv8D47KjAfwp-C5BQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=5&ved=0CCwQ6AEwBA#v=onepage&q&f=false
Ese perfil creo que es el mismo que pude ver –gracias a Pilar Picavea– en la sala Goya de la BNE, particularmente el grabado de Antonio Porriño en su espléndido Teatro eroico e político.... (Nápoles, 1692), y en uno de los dibujos de Cordedera (signatura 15/27/17).., en ambos casos, a mi modo de ver, derivados claramente de la moneda, cuyo perfil y rasgos generales aceptan.... unos setenta años más tarde.

Lamento no poder todavía reproducir esas imágenes (trámites y plazos son más largos en la BNE). Queda además por cuadrar con todo ello la estatua que se abre en las cuatro esquinas de Palermo, a la que se abre la vía principal (véase fotografías) y que nunca  que yo recuerde, se ha utilizado para recordar al duque. Y queda por hacer una visita guiada a las "cavas" del Prado, en donde a lo mejor duerme el retrato.

La nueva rebusca, en fin, en la que en varios momentos me ha ayudado  –a pesar de ser una gongorista– Enrica Cancelliere, me ha llevado a plantear otra vez la calidad y origen del busto de terracota de la BNE, que será objeto de un trabajo menos noticiero y más cumplido que daremos a conocer Mercedes Sánchez y yo, y para el que hemos contado con la ayuda y orientación de Concha Huidobro. En este último caso el itinerario de la investigación prácticamente se ha cumplido y redondeado.






sábado, 23 de octubre de 2010

Literatura, pornografía y erotismo (V y final). Literatura, subjetividad y evidencia

Casi se definen los conceptos por la sucesión de imágenes del cuaderno. La primera se obtuvo de una revista de poesía actual  (Revista de Literatura Mexicana Contemporánea; el poema es de Víctor Toledo). La segunda serie procede del archivo del corazón de quien escribe. La tercera serie es la más perturbadora, desde luego, universalmente, y no necesita más que el esfuerzo –pertenece al campo de las zonas socialmente prohibidas. Puede que sea un ejercicio de liberación y una proclama recogerlas y exponerlas.



Erotismo, literatura, pornografía (IV)

Si hemos estabilizado y consentido que se estabilice la relación entre esos conceptos (en este cuaderno de pantalla se ha avanzado, en tres ocasiones, sobre ello) y  otorgamos al erotismo la condición de dependiente de la experiencia, observación, imaginación, etc. del espectador, podremos adjudicar a la Literatura una doble calidad, positiva y negativa al mismo tiempo.
Positivo porque la literatura difícilmente podrá ser "pornográfica", ese intento la degrada en burda, mala o desechable: no puede "no dejar" nada sin exponer, se lo niega su  soporte lingüístico; negativo, porque actúa en precario frente a las artes más explícitas, que tanto no necesitan de la imaginación del espectador y se acercan mucho más a la realidad o a su presentación mucho más completa, en el sentido de menos intelectual.
Y así es, en efecto, el tamiz o el filtro del lenguaje impone una travesía mental, muchas veces con necesidad de anclajes culturales e intelectuales, que juega papel muy peculiar en el logro del efecto erótico, que ha de soportar esa elevación a la condición humana pensante.
El camino y las lucubraciones que a ello se siguen son muy interesantes. Pero por ahora lo dejamos aquí, no sin avisar de que, como en alguna de las viñetas anteriores de esta serie, las ilustraciones no son mías (las he robado de un paseo por la red, como siempre lleno de sorpresas).
La presunta crudeza de la literatura –digamos, de la poesía, de la que va el ejemplo– llega siempre a la mente del lector en alas de las palabras, y luego juega una partida, o no, en la cabeza del expectador.














Mete en la boca lo más que se pueda,
recuerda el pirulí y los helados,
nada te tragues, mas chúpalo todo,
si te da por morder, ve con cuidado.


No debes ir demasiado deprisa;
nadie debe saber que te has cansado,
si ocurriera, ternura y lentitud...;
vuelve de nuevo donde lo has dejado.


Verás que lleva la cosa su ritmo
y que a veces parece terminado;
aplícate si así ves que acontece:


si el temblor llega y los ojos cerrados,
si dice tonterías insufribles...
Y no te vayas, aunque esté acabado.

"Sí" y "no" en política. Hastío y degradación

El lenguaje político en nuestro país se está convirtiendo definitivamente en un producto lingüísticamente extraño y éticamente inmundo. Son tantos los síntomas de su corrupción que habría de estudiarse continuamente como un engendro peculiar que ha conseguido desnaturalizar su función comunicativa, al menos la comunicativa, la primordial. Solo aludiré a un par de casos de signo contrario, que derivan o se pueden exponer a partir de la pregunta formularia, enquistada:
–"Conteste usted sí o no".
A quien nos viene con esa pregunta –y la hacen jueces, policias, profesores...–no se le debería contestar nunca "sí" o "no", desde luego; nadie debería de verse obligado a responder en el estrecho y contradicho margen de esas dos posibilidades con que le acorrala el inquisidor. Quien así pregunta tiene o que demostrar que esas son las únicas contestaciones posibles; o, lo que viene a ser casi igual, que el contexto del diálogo tiene un campo de referencia tan nitido que el "sí" y el "no" son  las únicas respuestas sensatas; y cuando se ofrece está segunda opción, el interlocutor que inquiere ya está acotando y presumiendo respuestas, es decir, ya está acorralando verbalmente a quien pregunta. De manera que ni siquiera en la serie siguiente, aparentemente la de preguntas más cerradas, habrían de plantearse así, sin dejar la opción de otra respuesta:
– "¿Su abuelo se llamaba Juan? Conteste sí o no."  [No sé quiénes fueron mis abuelos, no puedo contestar en esos términos].
– "¿Ha estado usted en Italia, sí o no"? [Nací allí, pero mi madre se traslado a los pocos días y no he vuelto a ir].
– "¿Le gustan las patatas, sí o no?"  [solo me gustan las patatas fritas, pero no las cocidas ni las guisadas; no hay modo de conciliar esa realidad con la actuación verbal solicitada.]
Etc.

Al otro extremo de tan curiosa exigencia de respuesta verbal prefabricada e inmediata nos encontramos con esa otra actitud del lenguaje, fundamentalmente el político, que navega por el limbo de la expresión indefinida, lejana y crítica. De manera que si se le pregunta al político que de qué color son sus calzoncillos, el interfecto, admitida a trámite la pregunta, se despacha con un arco verbal del que nunca se desciende y que puede desarrollarse de la siguiente manera:
– "¿Y de que color lleva su señoría los calzoncillos?"
– "Nosotros, cuando nos planteamos que era realmente lo que habría que desarrollar para que el índice de paro descendiera, iniciamos una serie de actuaciones que exigían el sacrificio de todos los españoles durante la legislatura, de manera que íbamos a actuar de modo sensato cambiando aquellos elementos del proceso de reconversión que, indudablemente, afectaban al color de sus calzoncillos, de manera que las grandes fábricas de ropa interior..." Más etcéteras.
En otras palabras, no hay modo de mantener un dialogo razonable cuando la conversación se desvía hacia la esfera política, en donde la moneda corriente consiste en hurtar la información veraz, o disfrazándola, o huyendo de su exposición sencilla o presentándola siempre desde una perspectiva crítica negativa, opción que han elegido los partidos y sus voceros y que ha condenado a la gente común, sencillamente, al castigo de no saber nunca cuál es la verdad a partir de lo que un político cuenta. Es inútil que escuchemos un debate parlamentario, que leamos la crónica política de un periódico o que intentemos calibrar el alcance de las actuaciones de quienes pululan en esos lugares y se han apoderado de los medios de comunicación... Nos hemos aprendido perfectamente la lección: todo lo que diga, haga, cambie, acometa, etc. el rival político ha de ser comentado críticamente –la portavoz del PP en el Congreso es el mejor ejemplo de esa poderosa maquinaria verbal que todo lo destruye. Y todo lo que han dicho, dicen o van a decir nos lo sabemos de memoria. No hace falta escucharlo, no nos interesa. Y el mal se ha ido contagiando a prensa, radio, TV, etc. hasta el punto de que no nos hace falta leer lo que cada día escupen. Mas bien lo que conviene es guarecerse.


viernes, 22 de octubre de 2010

Un plano del metro lleno de poesías

De entre las muchas manifestaciones poéticas que conozco, a las que acudo, que se publican... me gustaría dar noticia de la que me ha ido llegando de Málaga, cuya organización desconozco, pero cuyo resultado –en el que me han dejado contribuir, discretamente– he ido admirando paulatinamente, según lo iba conociendo, hasta poder leer parte de su contenido, a la altura de la originalidad y oportunidad de otros aspectos, entre los cuales no es el menor el del diseño de la publicación y su difusión, de la que ofrezco unas cuantas muestras.  Leo en cubierta y otros lugares que los responsables, "maquinistas", son Ana Gorría y Raúl Díaz Rosales; para ellos mi agradecimiento por mantener abierto y cuidar ese maravilloso espacio poético que tantas y tantas veces nos ha venido desde el Sur.