Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

miércoles, 30 de junio de 2010

De cómo el trabajo no agota la vida

Entiéndase bien: no podremos reconstruir nunca con nuestra tarea ni con nuestra inteligencia un fragmento mínimo de vida real, de existencia. Confesión paladina, que a tantos historiadores ha hecho meditar, viene a cuento de quienes me preguntan que para cuándo la segunda edición de una biografía de Quevedo, que publiqué en 1998. Para nunca, digo de modo entre tajante y dramático. ¿No hay nada nuevo?, me dicen, de alguna manera. Sí, muchísimas cosas se han ido acumulando y algunas otras habría que corregir; pero me he dado cuenta ya hace tiempo de que, aunque rehaga minuto a minuto su vida  –o la de un día–, el esfuerzo no me va a servir más que para reproducir elementos externos, algunos ideológicos, otros alejados... de algo que nunca obtendré totalmente, a  no ser que fabrique otro quevedo y con la máquina del tiempo me traslade a 1580. Es al contrario, en algún momento el historiador ha de saber salir de ese esfuerzo documental hacia fuera, para trazar el "objeto mental" que le permita adquirir el conocimiento histórico de la persona o de la época; y eso es lo válido, no lo otro. Cierto que hay que saber guardar una adecuada proporción entre distancia y proximidad: no se puede intentar obtener ese conocimiento histórico adecuado sin un mínimo de conocimiento de los datos reales; pero se perderá esa posibilidad del panorama si tanto nos acercamos que solo somos capaces de ver anécdotas de la vida diaria. 

De manera que si encuentro en el ms. 12962/66 de la BNE,  entre los papeles que se copiaron de los de Moratín, un par de hojas con las casas que ocuparon algunos cómicos durante el s. XVII en Madrid, en donde dice que Quevedo tenía una casa en la Calle del Niño, tasada en 30 ducados, “y había sido de María de la Paz”, pues lo copia,  sin mucho entusiasmo y lo dejo ahí. O si en la caja de ms. 12964/52 de la misma biblioteca topo con una carta de Gerónimo de Vera en la que critica el Para todos, de Montalbán, fechada en Salamanca, a 4 de julio de 1632, pues más de lo mismo. Un centenar largo de veces me ha debido ocurrir eso, en ocasiones con datos más o menos golosos (libros anotados de su propiedad, censuras a libros ajenos, autógrafos, colecciones documentales enteras...) Trabajan a mi alrededor investigadores jóvenes, alguno de los cuales podrá aprovechar todo el material acumulado.


Y no se trata solo de datos biográficos, también los hay sobre su obra y sus ediciones. En la RAE, el ms. RM 6880 [colección Rodríguez-Moñino], el Cancionero de Fabio, no citado por Bonneville, dice en lomo Cancionero del siglo XVI; llleva una nota autógrafa de Rodríguez-Moñino al comienzo que señala que es del Dr. Garay (en la p. 177 un copista lo identifica con el citado Fabio) y que procede de la biblioteca de Cotarelo; se vendió a la muerte de su hijo Armando y RM lo adquirió junto con el Buscón, (en Anuario de Letras [UNAM], VI-VII (1966-1967), 81-134.] Habrá que reconstruir con datos como ese la historia de los ejemplares del Buscón
Y en fin, también se trata de circunstancias históricas: siempre quise saber si Quevedo asistió al "estreno mundial" del Requiem del padre Victoria (por cierto acaba de salir nueva edición discográfica), en las Descalzas Reales, compuesto a la muerte de la Emperatriz; y tenía localizado el sermón, inédito, de fray Juan de los Ángeles (no se publica en la edición de la BAC); en donde no se dice nada, pero hay que conjugarlo con las pp. 560-566 del ms. 11773 de la BNE en las que Diego de Urbina, criado de su majestad, nos relata las honras a la Emperatriz el martes y el miércoles 19 de marzo de 1603. Quevedo no estaba en Madrid esos días, vaya por dios. 
Las noticias vienen de documentación perdida frecuentemente, pero en otros casos de fuentes directamente informadoras, como las gacetas: el 17 de diciembre de 1617,  Gerónimo Gascón de Torquemada, (en la Gaçeta, ms. 10303,  f. 46):  "A los 17 hiço su magestad merced de dos hávitos de Santiago, el uno a don Juan de Salazar, secretario del duque de Uceda, con dos mil ducados de renta, y el otro a don Francisco de Quevedo, con mil". Yo había publicado y creído que no le reportaba más ganancia que la casi simbólica del pan y la sal. 
El noticiero y el papeleo está por todos lados, como corresponde a la actividad del autor; por ejemplo, para el asunto del padre Mariana, España defendida y la actuación de Quevedo durante esos años convendría echar una ojeada al "L'antimariana" de 1610 (Bibliothèque Mazarine de Paris, FD 835-7)...
En fin, también estoy esperando que los descendientes de Quevedo me permitan publicar los datos históricos sobre su genealogía y patrimonio, que no son los que se dice que son. 
Es tanta la acumulación de datos, fuentes, documentos... que naturalmente alguien habrá de emprender con nuevas fuerzas nueva biografía; yo insistiría que sin caer en la tentación de acumular más y más datos. En todo caso, los mejores fondos documentales sobre la vida y la obra de Quevedo han aparecido durante los últimos años y ahora se puede consultar, en su mayoría se pueden consultar. Yo mismo poseo uno de ellos, de unos 500 documentos y un centenar de microfilmes que se está catalogando, para depositarlo en el centro y quevediano de La Torre de Juan Abad y que allí pueda ser consultado por todos. 
Lo más difícil de llevar es cuando noticias que son patrañas y supercherías acaban por convertirse en datos históricos "irrefutables", como el de los huesos de Quevedo, o el de sus restos, o el de la celda en la que murió en Villanueva de los Infantes. Va un par de fotos  de la celda tal y como la amuebló y dispuso –para que la vieran mejor los turistas– un cronista local: yo estaba presente, hablé con él, le aconsejé que lo dijera, que no era realidad sino reconstrucción y obtuve varias fotos. Quede comoo testimonio.
Ya va muy cargada esta noticia, que voy a ilustrar con autógrafos recién descubiertos, retratos inéditos, documentos nuevos...

Toda la mañana me ha estado cantando Françoise Hardy




Françoise Hardy: Jaurais voulue…



He estado toda la mañana oyendo
viejas
canciones de françoise hardy:
 
l’amour s’en va..., quel mal y-a-t-il a ça?
en mis estudios de filología

no encontré nada comparable, igual:
Il est des choses… que decir no debo,
no sea que me vuelvan a reñir
Viens… Fais moi une place…

Il est trop tarde?  Será siempre muy tarde
para cantar en la era digital
y llenar con su voz y con sus labios

la pantalla en color del mac gigante
mientras nos susurramos los encuentros.
Mais parfois dans leurs yeux se glisse la tristesse…






Y no se crean que FH es esa dama elegante, fina, de pelo cano que a veces canta junto a Julio Iglesias. Esa es otra, porque a estas alturas de la entrada habrán adivinado que la FH de la que yo hablo es inmortal, inmortal su modo de mirar cuando canta, la gravedad de su voz, la emoción de las canciones siempre al borde del exceso sentimental. No pudimos en su momento amarla como se hubiera debido porque todavía no se había muerto Franco. Me dirán que qué tiene que ver. En nuestra historia casi todo tiene que ver con casi todo, y vienen así las circunstancias, que ahora sería largo de explicar –y entretenimiento vano– una cosa la mar de sencilla como esa. Ocurre que, a años vista, con el veneno de la lejanía y con la carrera del tiempo, a deshora nos damos cuenta de que hubiéramos cifrado nuestro ideal de vida en un atardecer susurrando a François Hardy nuestra incompetencia absoluta para la Filología, y pidiéndola que una vez no más, de verdad, volviera a mover los labios mientras nos miraba con los ojos bien abiertos y sonaba lo del "amour s'en va", en cualquier callecita del viejo París. Pero la vida se suele venir a su manera y nos pide explicaciones que no estamnos dispuestos a dar a nadie. 
Por cierto, hay varios lugares en la red que han logrado recuperar bien a FH: diría que nos queda un 5% de lo mejor, para la pantalla del Mac.

martes, 29 de junio de 2010

De "China destruida"

Te forjó el tiempo vanidoso y fuerte,
merecedor de que te dieran todos
los galardones de la travesía,
facilidad para expresión precisa,

capacidad y exactitud de juicio,
admiración por la belleza, fuerza
de voluntad para lograr aquello
que se antojaba lo mejor para

cada ocasión, sin desdeñar los riesgos,
por muy difícil que pudiera ser;
y maduraste hasta lograr al fin…

La noche lejos va y desborda lejos
el horizonte de los viejos sueños.
Queda por entender la lejanía.

RAP


Ando esperando la conexión con dos excelentes alumnos –Julio y Roberto–, de diferente nivel, uno que va acabando y otro que empieza, para que me ilustren algo más sobre las relaciones entre poesía (actual) y RAP, que ambos o han practicado o practican, todo ello provocado por dos cosas distintas: 1º) que he terminado con María Salgado la confección del programa de "Poesía española actual" que daremos el curso que viene (2010-2011) en la UAM; 2º) que quería dar noticia del grupo catalán de RAP que actuó en el reciente festival de la poesía de París (va la ilustración) trajinando con poemas de Ausias March y de Vicent Andrés Estellés, en donde yo percibí, desde luego, modalidades de improvisación en las que la música, el recitado y el texto variaban sumamente. ¿Será el RAP el descendiente directo de los recitativos operísticos, que los no aficionados nos saltamos cuando escuchamos ópera? Creo que no, pero me gustaría trazar una mínima teoría que insertara esta modalidad de trasmisión y realización poética en aquello de "Poesía... actual". 

El conjunto se llama Rapsodas y la nota de prensa, que reproduzco, habla de su formación en 2005 en Valencia y de que ya han grabado su primer disco "Contes per versos"; a mí me interesó lo que hicieron con las octavas de Ausias March: "Veles e vents han mos desigs complir / faent camins dubtodos per la mar...."
Lo ampliaré debidamente, pues ya he recibido respuesta de Julio Achútegui, uno de mis amigos raperos, y elaboraré despacio una entrada sobre este tipo de ensayos, que yo conocí, por primera vez, hace tiempo a través de las versiones americanas de Wu Tang, en el CD que expongo.




Los textos se leen, los versos se recitan (II)

En la primera entrada de este cuaderno ya hicimos los distingos pertinentes y remitimos a unas cuantas páginas, y ejemplos, en donde se podía escuchar la lectura en voz alta de versos, muchas veces por los propios creadores. La página que vamos a recomendar hoy introduce una variante que puede ser atractiva para muchos, porque se trata de una página internacional –hay muchas, he elegido una que, a su vez, me vino recomendada–, que ya he degustado en varias ocasiones 


Es muy, muy siginificativo escuchar poemas en japonés, turco, lituano, polaco, euskera, ruso, alemán... No voy a destripar la audición señalando efectos que pueden o no apreciarse.

Saltamos de ahí a lo de la lectura de los versos. Lo estoy explicando de manera casi coloquial; se podría aportar una especie de bibliografía de apoyo, que considero impertinente ahora, por más que lo que digo sea el resultado de aplicar las conclusiones más evidentes de los teóricos del verso, refrendadas por el buen sentido. Vaya una nota de lectura erudita par el que lo quiera: en el entretenido libro de Amado Alonso, Materia y forma en poesía, se encontrarán comentarios muy sensatos sobre la lectura de versos. Recuerdo que llamamos "ejecución" al modo que cada uno y en cada ocasión lee versos.

Hay que leer al verso como verso, decíamos, para que cobre su plenitud significadora; nada impide que el lector lo lea y lo ejecute como le dé la gana, desde luego; tampoco pasa nada si yo escribo todo lo que me dicen que "no puedo" escribir: "Bi un vurro bolando hayer". No ha pasado nada, ¿verdad? Puedo llegar a cosas peores, basta con esa para asustar. En realidad el mundo de las convenciones es siempre vulnerable; menos lo es el de las identidades. Puedo escribir como me dé la gana; pero me temo que no puedo vestir con unos pantalones a un perro o a un mono... Dejamos este camino.


La ejecución lectora de unos versos no está determinada –como casi nada en esta vida– por un juego de reglas o de pautas que definan exactamente cómo ha de hacerse; a lo que sí que suele obligar uno es a que se lean o ejecuten como versos, para no desnaturalizaros. Muchos recitadores e incluso muchos autores leen sus versos como si fueran prosa, proyectando sobre ellos las pautas del buen orden racional y sintáctico. De acuerdo, es un modo de ejecución que desnaturaliza el verso. 

Yo me refiero a las lecturas que conservan los rasgos definitorios del verso, y me refiero al lector que los lee en voz alta o en voz baja e interior conservándolos. 

El rasgo mínimo que define al verso y que por tanto no puede faltar nunca es, mire usted por donde, ese: el del verso, en su oposición a "prosa", lo que de define, por ahora y en nuestra tradición, por una marca después de una secuencia de signos gráficos (lenguaje escrito) o después de unos signos fonéticos (lenguaje oral). Tradicionalmente la marca grafíca ha sido el final de una linea o una secuencia de signos (un espacio en blanco, por ejemplo). En el caso de la lectura, la marca ha sido muchas veces la repetición de un sonido (lo que se llama "rima"), el final de una secuencia rítmica reconocible por su reptición  o armonía con otras, o una pausa. Puede darse la conjunción, amontonamiento, coincidencia o traslapamiento de estos tres procedimientos (y aún de otros no necesarios), en cuyo caso el verso resulta contundentemente señalado.

Casi tenemos la solución. En una lectura sencilla el lector sabe si el final de verso viene o no señalado por la rima o el ritmo, y puede jugar a ejecutar o no la pausa, sea señalándola, sea saltándose rápidamente, sea jugando a una lectura brillante, difícil, artística... Pero si el verso se ha desnudado de los elementos que tradicionalmente señalaban su acabamiento, como la rima (versos "blancos") y el ritmo (el mal llamado verso libre)... no le quedará más remedio que respetar la pausa final de verso en su lectura, ejecutándola como mejor le parezca, pero sin que desaparezca. Si ese único elemento definitorio del verso moderno –suele ocurrir esto en poesía actual– desaparece, el lector, el recitador, el mal profesor, el alumno indócil... se ha ido al campo por romero y aquello que nos está dando no son versos. Es la real gana de lo que le apetece. A mí, al menos, no me interesa en absoluto más que cuando la persona que lo hace tiene otras virtudes, por ejemplo una nariz descomunal, como la del escudero del Caballero de los Espejos; o el tono grave y orgásmico de una locutora de programa de radio nocturna; o el desparpajo de los raperos. 

Se habrá adivinado que tono de voz, nariz descomunal y desparpajo ya no pertenecen a la naturaleza del verso.

En otro momento, además de rematar la faena sobre la lectura de versos, traremos a colación raperos excelentes, inquietantes, curiosos. Y narices bellísimas, como la de Chopin. Por el momento me despido con una iliustración que sin duda sale al paso cuando se argumenta como yo lo he hecho: el final gráfico del verso no hace falta que sea un espacio en blanco: miren ustedes el soneto a Llardent de Ullán si no, digno ejemplo  de haber figurado en la entrada sobre las extensiones del soneto. Y otros poemas semejantes.

El año que viene podría poner como examen final del curso de Métrica que el examinando me leyera coherentemente este poema, que por cierto se titula "Ni mu".








lunes, 28 de junio de 2010

La extensión del soneto en Blas de Otero

Hace unos días redactamos unas notas en este mismo cuaderno sobre los sonetos, sus variedades, su moda..., con ejemplos de Juan Gelman y alusión rápida a la tarea que había realizado, en la poesía peninsular, Blas de Otero (+1979), cuyo último libro se está leyendo ahora (Hojas de Madrid con La galerna, 2010) con sorpresa y una cierta dosis de admiración. Bien está. 
Cierto que muchas de las poesías circulaban plácidamente por lugares de fácil lectura, como colecciones de clásicos, libros de divulgación, etc. Se había editado en Alianza, Castalia, Tusquets, Vicens Vives, Calambur... No hace falta que nadie descubra a Blas de Otero, quizá sí que corrobore esa maduración poética de sus últimos años -–a la vuelta de Cuba, en general–, anunciada y parcialmente lograda en su itinerario poético.
Así con el soneto, cuyo ejemplo primero ya se había publicado:

Y que es muy explícito en su forma y contenido.


"Hojas de Madrid..." profundiza con desparpajo absoluto en varias formulaciones poéticas que todavía, me parece, ni se han señalado ni se han explicado con la profundidad y rigor que el mejor poeta de la segunda mitad del siglo que se fue merece. Es de esperar que del asombro a la extrañeza vayamos a la historia de esta deslumbrante aventura poética que culmina ahora, con la tardía publicación de este libro, en parte póstumo.
De su conjunto extraemos dos de los nuevos juegos con el soneto:

 










                                  El taconazo becqueriano que en "Historia de mi vida" deja clavado el soneto, que se va a un alejandrino rubeniano (es decir, con acento en tercera de cada hemistiquio, como el de "La princesa está triste....") 
Y las extensiones de los dos primeros cuartetos del siguiente, a un heptasílabo, al ritmo del bolero de Ravel, al que ya había dedicado otros poemas el autor.

La música en Blas de Otero es otro tema, tema goloso que nos enseña –lo veremos, quizá– la avidez con la que el poeta recogía estímulos mlodernos de todo tipo y los engastaba den sus poemas, pues además de un clásico, desde luego, fue de los primeros que llevó a los Beatles o a Bob Dylan a sus versos, aunque hayan tardado tanto en publicarse.

.





De "China destruida"




Duque Ellington, serenade to Sweden


durante tres minutos concedemos que nos da igual
pero no sabemos exactamente qué es lo que nos da igual
se insinúan el saxo y la trompeta
voy a quedarme lejos
a ver qué pasa
si algo trae este ramo de pensamientos vacíos
y desprendo algún subterfugio sin demasiada pedantería
iluminado
como san Juan cuando pasaba hambre
y agarraba unas palabras casi por los pelos
mi buena alumna maría cree que hay que saltar fronteras
quedaría
qué
una hormiga caminando por una conjunción
marchando al aire de esta serenata
en busca de una respuesta
in
comprendida
la hormiga

domingo, 27 de junio de 2010

si al cabo logra el descenso si alguna...

si al cabo logra descender si alguna
vez se apacigua si se abandona y cede
si tanto ser se deja ser y entonces
la vida sigue calla el verso y muere

sobre el azul de la desesperanza
azar el tiempo y el silencio vuelve
si consumió los sueños tantos si
si entonces va y se calla y lo requiere

si siente la distancia en lo que vive
y siente la llamada en lo que pierde
si se lleva a estos versos lo que queda

si qué más da si todo ya sucede
y a decirlo se inclina cada noche
cada noche si espera cuando viene

la lluvia una y otra vez la lluvia ...

 
 
la lluvia una y otra vez la lluvia
el verso inútilmente se alarga
un hueco en donde descansar de tanto
quién dice lo que es y lo que falta
no veo más allá de este silencio
voy a ir apagando las palabras
necesito no ser muy pronto y cerca
antes de que todo vuelva a ser nada
hubiera querido lo más sencillo
labrador azul de risas blancas
lo intenté trabajé luché
lejos una luz amarga
renuncia a la noche
amanece
nadie
nada

Oda antigua a los churros granadinos


–“Póngame chocolate, una de churros
o de porras y un zumo de naranja”
– Mire usted, de esos finos es que no hay.
– Pues tráigame los que haya.

¡Churros del sur, espesos y harinosos
que nunca alcanzaréis aquella gracia
del churro con estrías y con surcos
de tierras refinadas!

¡Churros que os lleváis de un solo pringue
el chocolate espeso de las tazas!
¡churros elementales y soberbios
tan solo harina y agua!

No me dejéis que acabe en doctrina,
tejeringos dorados en Bib-Rambla,
escándalo de pájaros y flores,
aroma de fritanga.




La primera foto mira la Plaza de Bib-Rambla un amanecer invernal desde una habitación del Hotel Bib-Rambla.

La que sigue, casa y calle de Valentín Barrecheguren 3, vista desde la Calle de Elvira, para que el ayuntamiento de Granada, andando el tiempo, ponga una placa turística y conmemorativa, ya que en el ático o azotea de esa casa vivió un rapsoda.









El Seminario Edad de Oro durante sus primeros dieciocho años

J
Tiempo suficiente el que ha pasado para que recuperemos algunas de las viejas imágenes del Seminario, por el que pasaron un centenar de hispanistas y de profesores de todo el mundo. Durante los primeros años: Rafael Lapesa, Zamora Vicente, Daniel Devoto, Frank Pierce, Wardropper, Rivers, R. Senabre, Lázaro Carreter, J.M. Blecua, Eugenio Asensio... ¿Qué especialista en nuestra literatura dorada no vino a la Universidad Autónoma a enseñar y hablar a nuestros alumnos? Imposible recordar a todos, pero vaya esta sencilla muestra, que termina con alguno de los creadores (Octavio Paz, Bryce Echenique, Alberti, Cela...)James O. Crosby, Trueblood, Jauralde

  Javier Huerta Calvo, F. Cerdan (semioculto), Micher Moner, Antonio Cid, María Luisa Cerrón, Pedro Córdoba y Agustín Redondo (de espaldas)

 José Manuel Blecua, Pablo Jauralde, Mercedes Sánchez

Georgina Sabat, P. Jauralde, Elias L. Rivers

Harry Sieber y Miguel Marañón


E. Tierno Galván, Josefina Gómez (rectora), Camilo José Cela, Guillermo Carrascón


P. Jauralde y Camilo José Cela



Alan Deyermond, Michel Moner y P. Jauralde

Benjamín Prado (de espaldas), Rafael Alberti y Mario Hernández


Alan Deyermond, Teodosio Fernández, Agustín Redondo

Bienvenido Morros, en el público


Joaquín González Cuenca y Mercedes Blanco; P. Jauralde, Soledad Carrasco Urgoiti y María Cruz García de Enterría; Mercedes Blanco y Michel Moner



Los organizadores en Lisboa, con Clara Giménez en primer término

Grupo de alumnos organizadores, en Cuenca

Lazarillo (13). Ejemplos de documentación

Siguen, sencillamente, como complemento a la nota anterior, demasiado teórica quizá, aunuqe puede servir para investigadores, varios ejemplos de la documentación aducida, particularmente para que se aprecie la intervención de la mano de Felipe II al lado de los comentarios, informes, etc. de JUan López Velasco; las firmas de Francisco de Mendoza; las tareas en la biblioteca de El Escorial, etc.
 











 

De tigres y violetas. Mario Hernández


El próximo curso no tendré como compañero de trabajo –catedrático en la Universidad Autónoma de Madrid– a Mario Hernández, que ha decidido acogerse a lo que llaman jubilación anticipada para escapar a ese agujero negro que es la universidad y poder seguir trabajando en lugares más limpios, abiertos y nobles. En esa universidad enseñaba desde hace unos cuarenta años, y de ella se va, como se van ahora muchos, en medio del silencio, el desdén o las formalidades y papeles asépticos del resto. Creo que no merece la pena volver a insistir en la corrupción, la desidia o las mafias que han convertido a nuestras universidades en lugares infectos, especialmente diseñados para absorber todo tipo de críticas como si se hablara de algo ajeno, y para omitir entre sus valores uno de los pocos que realmente hubiera debido servir de brújula correctora: la del conocimiento y la competencia.
Mesa de un Edad de Oro, con Alberti y Benjamín Prado

De manera que cambio el párrafo para ir hacia otros lugares, hacia las tareas que he visto que Mario Hernández realizaba con competencia, dedicación y simpatía con los alumnos, licenciados, doctorandos, colegas que se le acercaban para preguntarle por… y aquí tendría que abrir inventario para mostrar la infinita curiosidad de Mario, a quien se suele considerar –y lo es, claro– nuestro lorquista, porque, por solo citar los últimos itinerarios de su investigación, a él he tenido que acudir con mucha frecuencia para que me ayudara con Borges, con Clarín y la prensa finisecular, con aspectos de la lírica tradicional, con Blas de Otero, con la literatura del siglo XVIII, con el modernismo…
Hay un matiz fundamental en esta extensión del conocimiento hacia campos que se van ampliando y profundizando paulatinamente: el trabajo vocacional llevado a buen puerto con rigor, engolosinándose cada vez más con un itinerario que, a lo mejor, se abrió por necesidad u obligación por otros motivos; espero no banalizar demasiado el comentario si ejemplifico con aspectos tan aparentemente concretos como los “tigres” en Borges o las “violetas” en Góngora. Invito a que se lean las últimas páginas que ha redactado, las de prólogo a la edición recién aparecida de Blas de Otero (Hojas de Madrid. Con La galerna, 2010). Como comentaron públicamente en el reciente “Marché de la Poesía” parisino: eso sí que es una introducción a un libro de poesía. No da para mucho una viñeta de un cuaderno de pantalla, pero dejaré en las ilustraciones algunas de las muestras que apuntan hacia su quehacer, desde las ediciones de la obra de Lorca, las más en Alianza Editorial (pero la ilustración es la edición de Poeta en Nueva York, de 1987), hasta algunas de las páginas de la REC (revista que hicimos y llevamos entre Pablo Moíño, María Salgado y nosotros dos), pasando por su colaboración, implicación, consejo, ayuda, etc. en el viejo Edad de Oro de la UAM (con Alberti, Cela…), antes de que, después de 18 años, ya consolidado, hubiéramos de entregarlo a la rapiña y la degradación. En otra ilustración recojo sus libros de poesía; pero no está Para bien morir, el libro de Cátedra, cuyo título sugirió Ullán. Conocí a Ullán en casa de Mario, como conocí allí a Agustín Delgado, Marichalar-Salinas, Sabina de la Cruz, G. Armero, Claudio Guillén… Porque, de eso no voy a poder hablar ahora, Mario (y Alicia, su compañera) ha sido también  lugar de encuentro de personas valiosas.
Desde hace años Mario acude –al menos– a los lunes de la Biblioteca Nacional, donde se le ve trabajar y disfrutar de la investigación y de los alumnos que tienen la suerte de su ayuda. Yo suelo decir, parafraseando un comentario de otros campos, que Mario es el mejor profesor que yo he conocido para las “distancias cortas”. Puede pasarse una tarde entera con unas páginas de un trabajo ajeno o propio, corrigiéndolo, perfilándolo, volviendo una y otra vez a estructurarlo.
Sea anécdota al final. Y después de pasar una tarde y el arranque de la noche, en la casa del editor, al lado, discutiendo la exactitud de una palabra, la pertinencia de una coma, etc. tomar un taxi para dar todo por acabado y marcharse.  A la una de la madrugada –me contaba el editor– sonaba el teléfono. Era Mario: “He pensado que esa última coma es mejor quitarla….” ¿Creerán ustedes que ahí terminaba la anécdota? Pues no. Semanas después me llamaban desde la imprenta: “… que ha estado aquí uno de los autores, y nos ha cambiado una coma, y ha añadido un párrafo…”

 






 En esta vida, Mario, las cosas no se terminan, ¿verdad? Siempre nos queda la oportunidad de seguir hablando, por ejemplo de la colección de camelias y de hortensias de tu refugio gallego, cerca del mío. Nunca olvidaré que me diste a oler el heliotropo por primera vez, uniendo olor y color a la palabra, que es de lo que se trata, de no encerrar la filología lejos de la vida.