Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

domingo, 12 de enero de 2014

Ramón Menéndez Pidal, su Fundación y su Escuela

Luis Menéndez Pidal: Retrato de Ramón Menéndez Pidal
Con una larga visita a la Fundación Menéndez Pidal, en la calle a la que se puso su nombre, del barrio de Chamartín, en Madrid, de la que di breve cuenta en entrada anterior, ha salido esta breve evocación que ahora redacto, sin mucha pausa, quizá todavía más apoyada en recuerdos viejos y encuentros nuevos que en erudición y Filología, pues solo un par de ves –y de lejos– vi a don Ramón, aunque disfruté de la estela de sus enseñanzas con mis profesores que fueron, desde Dámaso Alonso hasta Alonso Zamora Vicente, pasando por otros maestros: Rafael Lapesa, Lázaro Carreter, la saga de los Bustos.... hasta llegar a tener como colegas, en la Universidad Autónoma de Madrid, a Diego Catalán, y a los dos últimos académicos –lugar en donde es muy perceptible su huella– Pedro Álvarez de Miranda e Inés Fernández Ordóñez. Creo que puedo hablar de lo que significa la llamada Escuela Filológica Española en el universo de las humanidades de nuestro país.


El lugar es, en verdad, asombroso, pues los olivos y los pinares han resistido la invasión inmobiliaria del lujoso barrio en donde se encuentra –al lado de otro terreno singular, el olivar de Castillejo– y conservan, con algún signo de precariedad –¿falta de presupuesto?, ¿necesidad de gente que trabaje sus fondos, sobre todo los archivos?....– que suple el entusiasmo y el buen hacer de su director actual y de un grupito de gente que vi que se afanaban dentro.


El madroño del jardín




La segunda apreciación es la que convertía aquel lugar en una residencia pegada al campo y llena de libros, es decir, el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza: naturaleza y pensamiento fecundamente unidos. La amplia casa dispone de multitud de despachos, de todos tipos, siempre llenos de libros o de papeles, con mesas de trabajo; a poco que uno discurra por ellos y se percate de la clasificación general de todo aquello (literatura actual, romances, hispanoamericana, microfilmes, etc.) observará que casi no hay nada ajeno a ese quehacer, a no ser un piano en un rincón de la entrada, y multitud de pequeños objetos artísticos, que hacen referencia al estrato intelectual, casi siempre filológico. Creo que ha desaparecido la cocina y que no se conservan las habitaciones privadas, los dormitorios. Eso de puertas adentro. Hacia fuera, el jardín, tapiado, con cerámicas en algunos de los lienzos y en estado semisilvestre: se recorre pisando romero, apartando jaras –que horas están desmayadas– y admirando olivos, los más muy viejos a juzga por el tronco. En uno de los lugares de privilegio, encaramado a una ventana que resulta ser el despacho de don Ramón, un madroño gigantesco –los madroños no suelen tener esta aparatosidad–, que dada la fecha de mi vista, antes de ayer, no conservaba drupas; en el suelo las había burlándose del negro de las aceitunas caídas.



En el paseo por aquel rincón que recreaba mucho de la sierra madrileña, las tapias hacen hueco para una solana con ducha abierta –todo de blanco– en la que nos cuentan que don Ramón se duchaba con agua fría y tomaba el sol completamente desnudo –no había casas vecinas.


En general se adivina el resultado de una existencia entregada a la pureza y sencillez del trabajo bien ordenado en armonía con la naturaleza. El resultado de esta actividad mantenida durante los casi cien años del longevo patriarca es una obra continuada y sólida y la formación de la llamada Escuela Filológica Española, en la que nos formamos más o menos todos los que estudiamos Filología en universidades españolas durante un amplio periodo, incluso desde antes de la guerra civil, ya que el estallido de las guerras envió fuera de España a muchos de los mejores discípulos, valga el ejemplo de Tomás Navarro Tomás.


Mucho se ha hablado –y sobre todo, se ha insinuado– sobre la actitud de RMP durante la contienda y aun después, cuando vuelve precisamente para establecerse en lo que hoy es la fundación, como vuelven otros intelectuales de prestigio –Ortega y Gasset, más tarde, el más significativo– para proseguir su trabajo, en este caso filológico, al margen de la realidad o soportándola. Es curioso que esa misma actitud tenga su reflejo en el modo de trabajar de la Escuela Filológica Española y que se haya mantenido hasta los más de sus últimos conspicuos representantes actuales, a quienes suele molestar el grito destemplado, la protesta, etc., pero que nunca se han preocupado por saber de qué llaga, injusticia o situación proviene aquel escándalo. Como no es cosa de irnos a sistemas ideológicos, lo diré en términos filológicos: el detallado conocimiento y análisis de la costra verbal es maravilloso, pero no saben ir más allá de esa presencia lingüística (de la historia de la lengua, del estilo, de los familias de palabras, etc.) Cuando eso se lleva a los lienzos literarios produce esa pertinaz ceguera con la que Lázaro Carreter interpretaba como artefacto verbal la novela picaresca, particularmente El Buscón, y nada más (polémica con Parker) o la incapacidad para construir una crítica sobre El Quijote, cosa por lo demás que he dejado escrita en varios lugares (a partir de un congreso cervantino en California, en Berkeley). Trascender a las palabras, ir más allá de lo que suena y se dice, es un salto en el vacío que al parecer les produce vértigo e inseguridad. Una carencia muy grave, creo, que afortunadamente no enfermó a todos: se salvaron los que estuvieron mucho tiempo fuera de España o se extrañaron, lo que también tiene su explicación, que no es de este lugar, porque necesito volver a don Ramón, cuyo retrato preside esta entrada.

En mi despacho, detrás de mi mesa tengo todavía la serie de libritos de Austral en los que terminaba por volcar su sabiduría y que tanto han ayudado –y siguen sirviendo– para el estudio de nuestra historia, particularmente la literaria. De hecho cuando uno recorre aquellas estancias y va escuchando lo que hay en plúteos, cajones, discos, archivos, es grande la admiración. También se adivina la ingente  e importante tareaque se puede seguir haciendo en la Fundación: epistolarios, testimonios de romances, épica, lírica tradicional, fondos bibliográficos.... Se podría seguir haciendo si hubiera fondos para enviar gente vocacional, joven quizá, que allí siguiera trabajando, cosa que me temo que queda lejos de las intenciones de quienes rigen este país.


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