Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

domingo, 30 de septiembre de 2012

Otro "bouquet" del Jardin de Plantes





Geranio del Himalaya
caesalpinia gilliesii (ave del paraíso)
Oenothera fructicosa (glauca) 



Lopezia coronata

Con el río, una tarde de otoño



He terminado por cruzar los puentes
y me he parado a ver libros antiguos;
demasiados turistas –como yo–
y necesito hablar al río, a solas;

me tomarán por loco si me escuchan
y más con lo que tengo que decirle;
será mejor que baje y, en la orilla,
protegerme en algún rincón, como hacen

tantas parejas al atardecer,
para decirle, cerca de la antigua
habitación de Heloise y Abelardo,
que ya se fue el rocío de los prados,

río, pero me queda tu corriente
para esta hermosa tarde del otoño.





sábado, 29 de septiembre de 2012

Un ramo de tres flores del Jardin de Plantes

anemona hupehensis

delphinium speciosum




sedum spectabile

la ciudad sigue ahí


Mont Souris

Esta tarde me eché a andar sin rumbo:
primero la ventana de Vallejo
por viejo fetichismo que cultivo
si el corazón se empeña en enredar;

luego los bulevares, bobillot,
la butte aux cailles, alphan, temps de cerises,
el café con el mundo de los libros,
y otra vez las calles y las plazas.

La tarde se termina en port royal;
en mi banco anochece y hace fresco,
cuando regreso por el parque a soufflot
siento cerca el cansancio de la noche.

La ciudad sigue ahí, no se ha ido.
Somos nosotros los que nos marchamos.

La ventana de Vallejo (Bvd. Arago)
Bobillot

viernes, 28 de septiembre de 2012

Callejear



Paris encuentra su estación, sin duda, en otoño: le gustan los paraguas, las gabardinas, iluminar tiendas y restaurantes mientras fuera llueve; el juego de las luces al cambiar las estaciones, que la gente vaya deprisa a donde todos van. Es la estación más adecuada para ejercer ese arte que tanto les gusta a los franceses –bueno, a quienes allí viven–: hablar, el arte de dar importancia a todo a través de la palabra, con una copa de vino delante, degustada lentamente y tratando de cobrar carácter exhibiendo verbo. Es el París medio.


Ciudad de mendigos silenciosos y de barriadas inmensas que mueven la gente desde el amanecer al anochecer –metros enormes, riadas de coches, autobuses....–, en mezclas raciales que se mantienen milagrosamente sin demasiada hostilidad, a pesar de que es el París más duro.

Y luego está el país del lujo, refinado hasta la excentricidad: el mejor escaparate para el mundo.
El rapsoda tenía cierta avidez por callejear, por consumir ciudad, por descubrir calles, rincones, escenas, gentes antes de que se haga tarde, porque la ciudad se vacía pronto, después de haber ocupado todas las terrazas de las cafeterías para ejercer el otro arte: el de mirar y ser vistos, prefentemente vestidos de negro, con alguna nota de color –pañuelo, gorro, guantes....

La Butte aux Cailles

He callejeado por mis calles: la Estrapade, Saint Jacques, Pot de Fer, la Mouffetard, Glacier.... y antes de irme a descansar me he asomado a la rue Souflot para ver el Panteón, coronado por una luna llena, probablemente uno de los monumentos –o lo que sea– más horroroso que jamás haya podido imaginarse, por lo de dentro y por lo de fuera. Y ahí estaba, entre la lluvia y la niebla, en una plaza, sin embargo, proporcionada, gracias a la biblioteca Sainte-Genevieve, la vieja universidad.


Todo va cambiando poco a poco aquí también. Lo noto en cada viaje. La Mouffetard es cada vez más una callejuela de extranjeros y advenedizos que buscan comida barata –crepes, libaneses, griega, perritos....–; apenas quedan tres o cuatro restaurantes franceses (desapareció una de las mejores creperís), alguno regional y todavía las tiendas de quesos, vinos y tartas. Nada sé del mercadito, porque la he recorrido tarde, nocturna, cuando iba a comprar un par de naranjas (un euro cada naranja). 
Probablemente la erosión atañe a casi todo: hoy han anunciado en este país que ya están en más de tres millones de parados. Las diferencias sociales pueden resultar más dramáticas en París, si sigue siendo, también, la ciudad del lujo, la ciudad de paso, la ciudad de los turistas tópicos, en la que una gran masa de gente, a pesar del paro, nunca aceptará trabajos humildes: no aceptará la miseria y las carencias (de tiempo, dinero, comodidades, etc.) en la ciudad a donde todos vienen a gastar y disfrutar.

Port Royal
Y luego está el otro pequeño parís, el de las librerías, los barrios residenciales medios, los museos y las tiendas sencillas, las colas para comprar el pan a la vuelta del trabajo, los lugares en donde se respira libertad y placer de vivir razonablemente. Es el parís cordial, hermoso que uno no se cansa nunca de pasear y que te permite andar durante horas por los bulevares, descansar razonablemente en el parque de Luxemburgo, le Jardin de Plantes, Mont Souris.... 
¡Las hayas y los ginkos de Mont Souris!, al salir del campus de las residencias universitarias, otro remanso de quietud, que ahora ambienta la música de un elegante tranvía que pasa cerca.
Ciudad que siempre va de paso y que parece que se queda esperando cuando nos vamos; que siempre se queda lejos.
Habrá que volver. 

La cola del pan

Verlaine con su paloma en los jardines de Luxembourg








Verlaine en el Jardin de Luxembourg

Una paloma se ha posado sobre
la pétrea cabeza de Verlaine;
muy cerca anda chopin, algo perdido,
entre aligustres, pinos y otras plantas;

más lejos, baudelaire, descolorido
se ha quedado mirando adolescentes
que salen del liceo de montaigne,
casi todos fumando sin parar,

necesidad de ritos iniciáticos;
los jardines esconden más estatuas
la mayoría sucias y deformes;
faltan vallejo y borges y machado....

No concede parís ninguna tregua
a la memoria de las emociones.



Baudelaire



Chopin

jueves, 27 de septiembre de 2012

Las lunas de cada noche



he dejado la mano abierta dentro
del corazón de un árbol y los dos
hemos quedado estremecidos, nunca
probablemente habíamos llegado

a la profundidad de la ternura,
con las hojas perdidas en los dedos
dejándonos llevar por viento y agua
sin que el tiempo nos pueda separar,

emocionados ambos y serenos
por savia de luz que alimentaba
las venas sin palabras ni promesas
de atardecer sobre lo que perdimos

en las raíces endulzamos juntos
las lunas que faltaban cada noche



Jardín de plantas



Así se llama el botánico de París, que siempre he atravesado y pocas veces he disfrutado, despacio, en cada  estación, pues está en el mismo centro de ciudad ocupando un espacio enorme, generoso, que comparte con un zoológico y con otras muchos centros institucionales, normalmente de carácter cientifico. 
Los franceses son especialmente didácticos e históricamente innovadores en todo lo que es jardinería, y bien que se nota en este espléndido espacio, que no tiene parangón en ninguno de los botánicos que he visto, quizá su didactismo sea tan determinante como en el Botánico de Cambridge (UK). 


Lo que, finalmente, he podido ver y recoger dará para mucho. No sé de qué manera los jardineros de este "jardín de plantes" han logrado las avenidas florales de un colorido brillante y pensado, hasta el punto de que los coleos, las salvias, los abrótanos.... resplandecen como nunca he visto, y no digamos los hibiscos, las cañas, las dalias, etc. es decir, aquellas plantas que ya de por exhiben color. El comienzo del otoño no ha arredrado la floración que se mantiene en parques, bulevares, plazas y, desde luego, en el Jardín de Plantes.


El viajero ha terminado agotado de perseguir tanta belleza. Tan empalagado que no ofrece más que una breve muestra ahora, haciendo prevalecer las largas hileras de plátanos, que también se podan para formar alineaciones o para que las copas formen bóveda muy alta.