Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

martes, 31 de agosto de 2010

Escarba abajo es cara abajo

escarabajo ¿te sabes tu nombre?
por qué te mueves    qué buscas    se sabe
si sabes algo     o por qué te has venido
a retozar en los versos oscuros

de este rincón     trabajoso y difícil
a los espacios vacíos     que nada
guardan    allí donde mira el silencio
cómo descienden las voces ya muertas

de tanto y tanto pensarte    serás
de tanto y tanto mirarte tendrás
escarabajo    ansiedad de vivir

tienes tu azar     enredado   y sutil
yo me mantengo    en mi límite humano
mientras escarbas   pensando y pensando

Flor lenta

Flor
lenta
va creciendo la soledad
que consume los días del pasado
y se alimenta silenciosamente del olvido
que fabrica una isla blanca de profundos pozos
rechaza los azules invasores y al tiempo devuelve su futuro

he aquí que estoy he aquí que digo he aquí
que las voces van para el silencio
y el espacio llega a ser
lugar de ausencias
y la sombra
un latido
suave
de la
muer
te



Ermita de San Antonio, sobre la ría de Cedeira



Courtney Colongue y el surf de Pantín


He optado por partir una de las páginas anteriores de mi “cuaderno” en dos, pues el sistema –me parece– no me permitía colgar una información cumplida de las jornadas de surf en Pantín, que a mí me hubiera gustado acompañar y comparar con los días en los que estas playas vírgenes, como es la de Pantín, se mantienen casi desiertas, con el centenar de fieles que allí cumplen su verano. De manera que dejaré la vieja entrada con las distintas fotografías de la playa, que además no he visto en la red (las que hay son viejas y bastante malas). Solo en el bar que se asienta, discretamente –dos plantas– detrás, cuando se inicia el camino de rieles de madera que recorre la playa desde Ariño hasta un camping en el otro extremo, sin dañar el ecosistema demasiado, he visto que vendían postales que solo allí se podían adquirir.

Extraigo, en consecuencia, de aquella antigua entrada todo lo concerniente al surf, o casi todo, y además hago justicia de citar nominalmente a la ganadora, la californiana Courtney Colongue, y vuelvo a reproducir aquí el texto.
La playa virgen de Pantín –ojalá se conserve así durante mucho tiempo–, tal y como muestran varias de las fotos, se ha llenado durante la semana pasada de aficionados al surf, para celebrar la vigésimo tercera edición de “Pantin classic”, con dos competiciones, la femenina y la masculina, la última de ellas valedera para los campeonatos del mundo. No soy muy entendido en estas cuestiones, pero ya comenté en entrada anterior que me parece una diversión deportiva hermosa, de las que hacen disfrutar a quienes lo practican; lo de la competición es secundario; de hecho, me agradaba que el excelente comentarista que lanzaba hasta el mar normas, puntuaciones y aclaraciones en todos los idiomas (inglés, español, francés, portugués...), de vez en cuando, de pasada, no dejara de comentar cosas como “se le ve que está disfrutando”, “parece que no le importa más que volar con la ola y no tanto la clasificación”, etc. 
Yo seguí mi ritmo habitual de playa –breve y sencillo, normalmente al atardecer, que es cuando el sol consigue limpiar las nubes, cuando lo consigue–, y seguí un poco lo que pasaba en un par de momentos: era algo así como cuartos de final de la competición femenina y la surfista a la que vi casi todas las actuaciones y de la que obtuve las fotos que van abajo resultó luego ser la californiana Courtney Colongue, que venció... Incluso en un episodio anterior, cuando salió clasificada por faltas de su competidora, francesa, obtuve un par de fotos de su reacción pensativa y algo triste –en la que está sentada–, cuando me vio que le estaba sacando una foto, se levantó (es el momento de la foto mayor) sonriendo y posó con el signo de la victoria, de lo que no obtuve imagen, naturalmente, porque me acordaba de la teoría de Pablo Moíño sobre la “grandeza de la derrota”. Yo no tengo la culpa de que luego fuera la vencedora, en final con una australiana. Dos días después, en la final masculina, que coincidió con la caída de la tarde del domingo, Pantín se abarrotó y durante unas horas pareció una playa del Sur o de Levante. Fue solo una pesadilla. Por cierto la final fue entre un brasileño y un neocelandés, que fue quien ganó, porque la mar de Pantín anduvo remolona con las olas, mansa y algo huraña, seguramente añoraba las largas tardes de finales de julio con el arenal casi desierto. Ofrezco una batería de imágenes, porque además he visto que se conservan pocas de Pantín, playa de belleza peculiar.

 










lunes, 30 de agosto de 2010

Pantin, surf (II)

OJO: Hay que pulsar en "Mas información" para ver la entrada completa

domingo, 29 de agosto de 2010

Ojos, ojos, ojos....


...................
Angel eyes
You’ve been crying lately
All this time
Arn’t you tired baby
Trying to fly when you
D’ont have the height
Cry baby cry
You’re no angel tonight
................
(leonard Cohen)


Unos mismos ojos pueden decir distintas cosas, como en la galería que sigue, en donde los matices expresivos son claros, aun cuando la fuente solo sea la de dos o tres instantáneas tomadas al azar a la misma persona, a quien, a todas luces, amo




Leonard Cohen, en Galicia



En efecto, Leonard Cohen vuelve a recaudar dineros en gira y al tiempo que yo me voy, recalará en Galicia, en Orense o en Santiago, para un nuevo concierto. Entre los ídolos de la canción más o menos moderna, el canadiense, quizá con Moustaky, ocupa un lugar muy especial en las viejas generaciones de españolitos formadas durante el último tercio del siglo pasado: es casi admirable como ha ido cobrando el clasicismo –junto a Bob Dylan, Moustky, Bruce Springteen... aunque el caso del greco-francés, solo en algunos países, curiosamente. Y cómo siguen activos, aunque me parece que solo Dylan y Cohen mantienen la tensión creadora plena, que en el caso de Cohen se manifiesta con interpretaciones cada vez más rotundas de los viejos éxitos. Existe una versión de Suzanne registrada de un concierto, casi susurrada, comiéndose prácticamente el micro, que es un no va más. No podré ir a escucharle, como fui –con Barbolilla– quizá una de las primeras veces que cantó en Madrid, en el Palacio de los Deportes; pero Pilar acertó a regalarme el dvd que grabó el año pasado en Londres, y frecuento esas canciones, como las de los viejos vinilos, luego “remarestizados” (¿estará el palabro en el DRAE?) en cedés, y finalmente perseguidas en la red y otros lugares nuevos, para completar lo que no había logrado: por ejemplo tengo el vinilo de “The Guess”, pero no estaba en cedés españoles, hasta que conseguí bajármelo con un emule (y este sí que seguro que no está en el susodicho). The guest encabezaba el disco Recent Songs (1979) en CBS; no sé por qué desapareció en las ediciones españolas.
Se tradujo su novela al español, y se lee bien. Hay un par de libros de poesía que circulan por ahí (¿no lo son sus canciones?) y toda una intensa actividad que se mueve entre la música, la literatura y el cine, como debe ser; y que va incorporando, además, todo tipo de novedades; la composición electrónica entra en su obra a partir de 1988 en I’m Your Man.
Desde hace unos años un Cohen avejentado y capaz, con sombrero cordobés –él no lo sabe– y expresión entre irónica y fatigada recorre ciudades de todo el mundo llenando ferias y festivales, con alguna linotipia que otra. Y sin embargo, sin embargo... ¿no es música que se entiende mejor escuchada en otras circunstancias? Quizá lo juzgo deformadamente, porque mi perspectiva viene de lejos, de sus comienzos. Conservo la primera edición española de Songs of a room (de finales de la década de los sesenta), con la que nos íbamos a terminar alguna tarde en una habitación llena de humo y hacíamos como que bailábamos, casi quietos, abrazados, mientras su voz, aún no tan grave ni tan barroca, en un inglés que terminaba por entenderse, recorría rincones oscuros, prohibidos, intensos, sugerentes, inolvidables  y modulaba nuestra desazón.
Y alguna vez empecé a intentar versiones de sus curiosas letras; he aquí por ejemplo el arranque de Humbled in Love

¿No te acuerdas de todas las promesas
que la pasión nocturna desplegaba?
Sucias y desechadas nos parecen
como polillas en la luz tristona.
El arrepentimiento no las salva
ni la confianza generosa y nueva;
¿y por qué ni siquiera la venganza
regenerar la escoria ha podido?
............................................

Y la versión (habría que retocarlas)  de Dance me to the end of love

Dánzame tu belleza, baila,
baila con ardiente violín,
báilame mientras siento pánico,
hasta que me sienta sereno:
como a rama de olivo llévame,
sé paloma que vuelve a casa,
Baila hasta el final del amor.
Baila hasta el final del amor.

¡Ay!, déjame ver tu belleza
cuando se vayan los testigos,
déjame ver cómo te mueves
como lo hacen en Babilonia,
enséñame despacio aquello
de lo que solo sé fronteras.
Baila hasta el final del amor.
Baila hasta el final del amor.

Báilame ahora hasta la unión,
báilame, danza continuamente,
baila con toda la ternura,
báilame siempre y sin parar,
recogidos por el amor,
elevados por el amor.
Baila hasta el final del amor.
Baila hasta el final del amor.

Bila, danza hasta que los hijos
pregunten por su advenimiento;
baila oculta tras las cortinas
que ajaron los besos ocultos.
Teje nuestra tienda ya,
aunque los hilos se hayan roto.
Baila hasta el final del amor.

Báilame tu belleza, baila,
baila con ardiente violín,
báilame cuando siento pánico,
hasta que me sienta sereno:
con tu mano desnuda tócame,
con tu mano cubierta tócame.
Baila hasta el final del amor.
Baila hasta el final del amor.


Y que todo ello, con este fragmento del propio Cohen, sirva de transición hacia los ojos, de los que daremos relación enseguida.

sábado, 28 de agosto de 2010

La borrasca del Atlántico


Nos hemos acostumbrado a escuchar lo de “el empeoramiento por el noroeste”, “la borrasca del Atántico”, “se retira el anticiclón de las Azores”, "bajas presiones entran por Galicia" en periódicos y noticias, con sus mapas, esquemas, símbolos de nubes, soles y lluvias, a veces con dibujitos de rayos y estrellas de nieve. Pues bien, en este lugar no hace falta esquematizar nada, la madre naturaleza lo trasmite en directo. Basta asomarse a una ventana y se ve al anticiclón azul, inmenso y poderoso, llenando la comarca de luz, y se detecta si la carrera del viento es austral o no. 

Luego, en algún momento, como quien no quiere la cosa, algunas nubes con apariencia inocente y una banda grisácea, que puede ser de cúmulos, pero que también se nimba, ocupando el horizonte: es la borrasca del Atlántico, la que se pinta en las noticias con líneas curvadas y piquitos azules. Y llega. A veces en orvallo o chirimiri, pero luego como dios manda: cortinas de agua que se van corriendo hacia el sur y que pueden durar desde unas horas hasta varios días, remolinos de viento, rumor cercano de eucaliptos cimbreándose, confusión de nieblas, nubes y lluvias. El caudal a veces es tan grande que no deja ver a unos metros. He sacado varias fotos del valle regado sutilmente por la que acaba de llegar; y otra del tejado chorreando tanta agua que el suelo no la puede absorber. Ahora me da la risa cuando recuerdo la cara que me puso Manolo, el constructor, cuando le pedí que me hiciera en el patio un aljibe. –“¿Y para qué sirve eso?, me preguntó inocentemente. –“Para guardar el agua de las lluvias”. –“¡Mi madre!, ¿y para qué quieres guardar el agua de las lluvias? ¡Mi madre!”. No, no, desistí de encargárselo en cuanto vi llegar la primera borrasca del Atlántico.
Lo curioso de estos frentes de borrasca –y para eso sí que nos sirve la información de los mapas– es que a veces rozan tan solo el vértice noroeste de la Península, en donde yo estoy, mientras que en el resto, hacia el sur, y ya a unos treinta kilómetros, no llega: ahí sigue el anticiclón. En estos momentos de 20º grados y lluvia continua en esta población, todo el resto de España se queja de la ola de calor y andan las alertas cambiando de colores, y hasta se atrevieron en las noticias a decir –antes no se decía– que en lugares de Andalucía, Aragón, Levante y Extremadura se han alcanzado los 44º grados.

Todo esto no es un canto a la aldea del norte y a la vida retirada. Yo echo de menos las intensas, aromadas, cálidas noches del sur; menos, las de Levante, por el bochorno, la humedad y el deterioro urbanístico que afea todo. Y prefiero la luz a la oscuridad, que probablemente condiciona mucho el modo se ser de estas gentes.
Estoy pensando en volver a encender esta noche un horno antiguo (dicen que del s. XVII) que la casa conserva, para ver si el fuego me hipnotiza y me dice cosas que no sé.


Poética de la creación

En algún momento, un interlocutor cariñoso e interesado me ha preguntado por la tarea de escribir y escribir, casi a diario. Se podría construir una hermosa teoría –lo he hecho en artículos sesudos, en revistas internacionales que probablemente no lee nadie– sobre las características de la creación y su relación con la lucha por la libertad, y cosas así.  Y sobre todo, podría aprovechar la triste circunstancia de que acaba de fallecer Rodolfo Enrique Fogwill (Buenos Aires, 1941-2010), de quien algo se popularizó –publicidad y tal– de su efervescencia creadora, al menos a través de unos versos que se suelen citar con frecuencia: Se necesitan poetas gay, poetas / lesbianas, / poetas consagrados a la cuestión del género, / poetas que canten al hambre, al hombre, / al nombre de su barrio, al arte y a la industria, / a la estabilidad de las instituciones / a la mancha de ozono, al agujero / de la revolución, al tajo / agrio de las mujeres, / al latido inaudible del pentium y a la guerra / entendida como continuidad de la política, / del comercio, del ocio de escribir. De Llamado por los malos poetas. Hay algo de provocador en la obra ingente, dispersa y caótica –también contradictoria– de Fogwill, pero también algo de los nuevos tiempos –en Argentina hay varios nombres que producen con la misma efervescencia– en los que la creación aparece como lugar nuevo y prodigioso que no será cenáculo de unos pocos y de sus voceros.
Como el tema da para largo, voy a ceñirme ahora a  traer a colación un antecesor, que realizó el camino con su propia obra; voy a citar otro soneto de Blas de Otero, nuevamente de su libro póstumo publicado hace un par de meses; dice así

Escribir y escribir. Todos los días.
Inventar, inventar; hablar, hablar.
Todos los días: todas las mañanas,
todas las tardes y todas las noches.

Escribir, inventar, hablar: contar
lo que me pasa, lo que he vivido, todo
lo que me envuelve como el aire hermoso.
Yo soy un hombre mudo que habla mucho.
.........................................

Blas de Otero

El árbol de Júpiter y la pena





No cupo en la entrada anterior el testimonio fotográfico de unas cuantas cosas, que voy a ofrecer ahora, no sea que les dé pena –con el soneto de la “pena”, irán– de ese menosvaler, que no es tal. Así ocurrió con el árbol de Júpiter, plantado en la bifurcación del jardín, que conserva una historia sentimental y anecdótica propia: en las fotos es el que va hacia arriba por encima de los tiestos, en su base, y empieza a teñir las hojas de las ramas más altas, las de la izquierda según se mira, de un color indefinido entre rosa, morado, púrpura... Cuando yo me vaya, lo hará con todo su cuerpo y, al darle el sol de la mañana –es el que tiene, orientado a levante– parecerá a los pájaros una gigantesca mariposa. A la izquierda (en la foto final) sobresale una rama del arce dorado, el esplendor de una buganvilla que me regalaron Mamen y Gonzalo, las deutzias ya sin flor... El tronco, irregular, con mil desviaciones, es huesudo, liso, sin corteza visible. Y eso es curioso porque, cuando lo planté, muy tierno, de apenas medio metro, y empezó a pujar, observé que por las mañanas aparecía con el tronquito dañado por rozamientos y pequeñas hendiduras. Javi –cuatro o cinco años entonces– y yo hicimos pesquisas y acabamos por averiguar que era el tronco fresco y joven que utilizaba el ciervo para aliviar los males de su frente, y que con ese árbol, por las noches, se frotaba hasta dejar las huellas inequívocas de los cuernos y pelar el tronco. Para que no terminara por cargárselo compramos un producto recomendado, ya que, como luego comenté con algún vecino con fincas de frutales,  podían cargarse media docena de árboles jóvenes en una noche de desesperación. El producto, infame, maloliente y carísimo, no hizo efecto. Javi se levantaba todas las mañanas, iba al árbol y me gritaba “¡Otra vez, otra vez!”. Así hasta que Gabriel –nuestro labrador amigo, que corta la hierba cuando me voy– me dijo que eso no hacía nada, que lo mejor era grasa de oveja, ya que el olor de las ovejas espantaba a los ciervos. También me repugnaba a mí, y a Javi. En fin, el caso es que con unos y otros procedimientos, mimado y protegido, el árbol de Júpiter terminó en un par de años por alzarse hasta los dos metros y endurecer su tronco, que dejó se ser plato apetecible de la “¿brama?” de los ciervos.
Entonces surgió otro problema: el árbol de Júpiter detesta la línea recta, es imprevisible cómo va a levantar los brazos al cielo y hacia donde dirigirá sus cruces y aspavientos; es parte de su naturaleza. Los ejemplares del Retiro, algunos bastante viejos, muestran su belleza desordenada y son todo una réplica a cedros, tejos y otros ejemplares tiesos. Todavía me acuerdo de haber visto plazas enteras en París –una mañana, al dirigirnos en coche a la “Butte aux Cailles”–adornadas con este árbol, tan cuidadas y hermosas como suelen hacerlo allí. Pues bien, a la vuelta de una ausencia de meses, al llegar a Malde, me encontré al “árbol de Júpiter” enderezado a la fuerza con rodrigones, estacas y con señales de por dónde se le podía podar. Un marinero que dejó la mar y se iba a dedicar a cuidar fincas se había empeñado en enderezar los malos hábitos del árbol y pretendía dejar sus ramas como las de los avellanos. Menos mal que llegué a tiempo de evitar la poda (al árbol de Júpiter se le pueden podar, ligeramente, las ramas más altas o el final de las ramas más altas) y pude retirar los pertrechos de tortura que le intentaban fijar perpendicularmente.
Ahora ya ha alcanzado los cuatro metros y pico, que es poco más o menos, su estatura de adulto. Y digo yo que vive tranquilo.





Y el soneto de la “Pena”  (de “Filosofía Barata”, en China destruida)

No se va fácilmente tanta pena.
Se cobija, me temo, en circunstancias
que forman parte del trasiego inútil
que sin motivo traen noches y días;

no se va como siempre, ahora resulta;
no viene del rincón de los recuerdos,
tampoco la vejez es su motivo,
ni la carencia de unos ojos claros,

ni la traída soledad que cuentan,
ni el miedo al miedo o al misterioso azar,
ni las miserias de combates necios,
ni la secreta historia del futuro...

Me parece que es algo muy más simple.
Sencillamente creo que es la pena.


viernes, 27 de agosto de 2010

En honor de los nuevos seguidores de mi cuaderno


Hoy se me han convertido en seguidores personas que no conozco; al irlas a saludar y conocer me he encontrado con los clásicos avisos de "contenido indebido", si se quiere seguir y se es mayor, etc. He seguido, naturalmente, y me he encontrado con dos o tres "cuadernos de pantalla" muy interesantes. No sé si quieren esta publicidad, o sea que no los cito directamente; pero les dedico el romance de los coloquios amorosos.





Romance de los coloquios amorosos

–Tiene tu cuerpo misterio
y me lo vas a enseñar
por arriba o por abajo
por delante o por detrás.
Así comienza el coloquio
que ahora voy a contar
con aquella moza huidiza
que me trataba tan mal.
Palabras hubo mayores
cuando le fui a abordar,
Westfalia se queda chica,
Bailén ya tiene rival,
hechos como aquel hay pocos,
sea en guerra sea en paz.
Nones me dijo al comienzo,
naranjas y redro atrás;
–…que a quien viene como tú
lo mejor es ignorar.
Amagos le hice de pena,
morritos y “Ven acá”.
Me miraba como ajeno,
no dejaba de mirar,
con tanto ir y venir
se me puso a suspirar
y se me colgó de los ojos
y hasta que quiso llorar;
llegamos a las ternuras,
yo me ablandé como un flan.

Coloquios hubo sutiles:

Yo te creo, tu dirás...
–No me mires tan torcida.
Pues no tengo otro mirar.
Las manos quietas, oye,
que luego se van al pan.
– Pan y pandero asemejan.
Y los mamporros se dan.

La cosa se fue cambiando
a mieles y cuchipán;
y al cabo de un breve rato
de “es que tú”, de “no es verdad”,
de “mira que yo te dije”,
de “no te voy a engañar”,
eso que dices es falso”,
“yo siempre digo verdad”,
“por las  buenas he venido”,
 ya me conozco el percal”,
“pues bien te estuve esperando”,
“pues yo te fui a buscar”…

Al cabo, digo, de un rato,
surgió la necesidad.
Abrió la camisa el viento,
se desató un vendaval,
tan duros como granizos,
en embestida frontal
un par de picos se vienen
en mis manos a guardar;
bajaban a tajo, lisas,
las ramblas hacia el desván,
guardado vecino a un bosque
donde nunca pude entrar.
Todo se fue complicando,
es difícil de contar:

­– Iré con mucho cuidado…
– No voy a dejarte más…
– Si me vuelves a morder
de matarte soy capaz.
–Mátame con cuidadito…
–¡Ahí no se puede apretar!
– Ese dedo tuyo que hurga,
¿qué es lo que quiere encontrar?
– Me tienes por otro lado
buscando donde aparcar.
– Tú date la vuelta ahora
para volver a empezar...
–Recuerda, ahora, recuerda
que soy un intelectual.
– Eso es lo que más me pone,
es lo que me gusta más.
– Lo que tienes en la boca
no te lo puedes tragar.
– ¿Un intelectual salido
o solo un intelectual?
– No me distraigas, ahora,
me tengo que concentrar...
– Pues si no quieres que te hable
no te me pongas a hablar;
mira que no llevas nada…
– Ahora no puedo parar…

Acabó luego la escena,
nos volvimos a enfadar,
por yo no sé qué pretexto
inventado o contumaz.
Adios, me dijo exultante,
ya no quiero verte más,
vete por donde has venido.
Adios, y no me verás
ha sido un error todo esto,
jamás se repetirá.

Mañana iré a buscarla
para tratar de la paz.